domingo, 5 de junio de 2016

Borges en el canon: una lectura a propósito del texto 'El canon Occidental' (1995) del crítico Harold Bloom [1]

Introducción

Cuando advertimos que en el libro El canon occidental, se incluye a escritores hispanoamericanos como Borges o Neruda realmente no sabemos si reír o llorar[2]. No obstante, que sea Borges uno de los representantes hispanoamericanos, de lo que Harold Bloom esboza como canon occidental, tampoco es algo que podamos refutar ni cuestionar, pero sí nos lleva a preguntar qué tiene o cómo se construye el mundo borgeano que lo encumbra a ser uno de los autores más representativo de la literatura contemporánea y —como advierte Bloom— uno de los “fundadores” de la literatura hispanoamericana del siglo XX.  El trabajo de Bloom hace una mirada panorámica y breve de la figura del argentino —en quien centraremos nuestros comentarios— intercalando su vida personal, su producción literaria y las influencias que quedan al descubierto en sus libros. Al respecto, nuestra intención es poner sobre la mesa algunas cuestiones que, a nuestro entender, merecen un poco más de atención a la hora de referirse al “fabulista”.

Borges y el canon

            Podríamos argüir que Harold Bloom se acerca a la figura de Jorge Luis Borges —en principio— de un modo muy sistemático; partiendo desde la traducción que hace este del relato de Oscar Wilde, El príncipe feliz, a los siete años, y luego a los dieciocho cuando escribía “poesía whitmaniana”. Pero en este punto el texto comienza a ponerse un poco caótico y nos enteramos del accidente que sufre el escritor en el año 1938, en el cual se golpeó la cabeza (cito al crítico): “de este modo a los 39 años intentó escribir un relato para tranquilizarse. El hilarante relato fue «Pierre Menard, autor del Quijote»”. Así, y de un modo casi fantástico, el acercamiento de Bloom nos posiciona directamente en el libro Ficciones (1944), probablemente el más conocido del autor. La cronología de Bloom, sin duda, pasa por alto un corpus literario que, en cierto modo, forja al Borges que leeremos en Ficciones o El Aleph, pero que, al parecer, no merecen la importancia ni son determinantes, para considerar al argentino dentro del canon occidental. Al respecto nos preguntamos ¿bajo qué parámetros Harold Bloom considera que Borges debe pertenecer a este corpus?, no lo ponemos en duda, pero sí creemos que el crítico estadounidense debiera haber esgrimido sus esfuerzos en justificar esta elección a través de un alcance que se acercara, siquiera, a la construcción literaria del autor.
Siguiendo la idea anterior, cuando Bloom se propone establecer un canon occidental —no discutiremos la noción ni validez del canon—, creo que el lector esperaba, aunque sea de modo implícito, alguna reticencia sobre las inquietudes de Borges y su forma de plasmarlo en sus textos; de esa manera responder —más allá de mencionar que es el fundador de la literatura hispanoamericana del siglo XX— porqué Borges se adjudica el nombramiento de padre literario o escritor representativo. Claro está que para develar tal misterio hubiese hecho falta profundizar en aquello que lo asciende a esa posición: su literatura. Entonces, si las hojas en blanco que Bloom debía completar no responden a la pregunta que hemos sugerido , a qué responden en realidad — porque no basta con señalar que para Borges “la literatura canónica (…) es un inmenso poema hecho por muchas manos a través de los siglos” y luego afirmar que Borges se valía “de todo el canon occidental y más” para crear sus cuentos, ya que desde ese punto de vista Bloom considera a Borges dentro del canon occidental siguiendo la noción que el mismo autor tiene del canon: una canonización circular y laberíntica  (si se me permite la ironía).  
Como hemos adelantado, la lectura de Bloom comienza en Ficciones. Al respecto, el crítico estadounidense reseña y comenta algunos de los cuentos más conocidos, al tiempo que intercala datos biográficos que —a mi parecer— en algunos casos mitifican la imagen del argentino. De ese modo no está ausente la mención a Pierre Menard, Tlön Uqbar, Orbis Tertius, El inmortal, o El Aleph (aunque este último sirva de excusa para sugerir una crítica profética al Canto General de Neruda); los cuentos antes mencionados fundamentan algunas observaciones que hace Bloom sobre “el universalismo estético” del autor, o que Borges es “la literatura metafísica de la época”. Así se van develando y reiterando los nombres de Kafka y Poe como influencia directa en la obra borgeana; o que “el laberinto es la imagen central” en la obra del argentino (a pesar de que en la obra inicial de Borges no hubo laberintos). Las observaciones de Bloom parecen ser un tanto esencialistas y caóticas, sobre todo cuando se refiere a la vida personal del escritor. Sobre este último punto, siendo rigurosos, creemos (y podemos estar equivocados) que el interés del crítico estadounidense es por sobre cualquier cosa, justificar los intereses del escritor, ligándolos a su vida personal y familiar. Esto podría tener validez, pero la manera en que Bloom une la vida y las búsquedas de Borges quedan caricaturizadas; como en el caso anterior donde menciona el accidente para sugerir que el golpe le dio la capacidad a Borges para escribir, siendo que una lectura comparativa entre este hecho y el cuento El sur, resultaba considerablemente más acertada.  
Otra de las afirmaciones que hace Bloom es la siguiente: el principal defecto de Borges es que “sus mejores obras carecen de variedad”. Quizá, lo que Bloom quiso expresar, es que la construcción literaria de algunos de los cuentos de Ficciones o El Aleph, siguen una misma idea: establecer un lugar con algunos datos y nombres, luego crear una circunstancia, o anécdota, de la que se desprende un problema el que, curiosamente, queda dilucidado al final del cuento, al menos dentro del entramado del relato. Bajo este constructo, que no se da ni en todos ni en la mayoría de los cuentos, la variedad de temas se deja notar fácilmente. No obstante, el crítico es enfático al señalar que Borges se dio cuenta de esto (poca variedad en sus temas) y luego escribió El informe de Brodie: “esencialmente fantasmagoría” —nos dirá Bloom—.
Tal vez la ausencia de otros libros, más allá de Ficciones o El Aleph (y algunas menciones que se hacen a Una vindicación del falso Basílides o El hacedor), responden de alguna manera la inclusión de Borges en el canon occidental, que sería la misma que ya hemos mencionado: “de todos los autores latinoamericanos de este siglo, es el más universal” (afirma Bloom, refiriéndose a Borges). Al parecer el crítico desecha los primeros y últimos trabajos del escritor por considerar que sus intereses no eran esencialmente universales; al respecto nos preguntamos, entonces, ¿basta con ser universal para ser considerado parte y centro del canon? O sería más apropiado profundizar en cómo nacen o de dónde vienen estos intereses (que seguramente no fue por un “golpe” de suerte) y para ello darle más crédito a los primeros textos (o al menos a las primeras inquietudes) de Borges, que fundamenten la relación Borges/Canon. 

Borges en la polémica

            Ahora bien, la inclusión de Whitman en el capítulo puede estar justificada en la medida en que Borges tiene opiniones bastantes disímiles, sobre el poeta, a lo largo de su vida. Esto podría leerse dentro de la evolución literaria del argentino: Bloom lo advierte y le dedica algunos párrafos. No obstante, que, en cierto momento, la figura de Whitman sea excusa para hablar sobre las diferencias (o rivalidades) entre Neruda y Borges, podría, incluso, ser un buen acercamiento (pero no lo es), a la noción que el cuentista tiene sobre la poesía del premio nobel. Sin embargo, la caricaturización vuelve a las hojas de Bloom cuando se refiere a estos dos en los siguientes términos: “el humano Borges no iba a abrazar el estalinismo, y el comunista Neruda afirmaba con desprecio que Borges no vivía en el mundo real”. Como si toda la poesía de Neruda fuera comunista o toda la obra de Borges fuera fantasía. Esto puede haber sido una broma por parte del crítico, pero, ¿y la opinión de Borges sobre la poesía de Neruda, o la poesía latinoamericana en general?, no la encontramos en ningún lado. La confluencia de estos dos autores bien podría haber servido para responder preguntas como: ¿por qué dos escritores tan disímiles son considerados, al mismo tiempo, como parte del canon occidental?, Pero no.
            La relación que hace Bloom, entre Borges y Neruda, termina en la tesis de Enrico Mario Santi, quien sostiene que el cuento El Aleph sería “una sátira profética contra Neruda”, a lo que Bloom se suma y se esmera por explicar y luego integrar alguna cita con las palabras de Borges refiriéndose a Neruda (la persona, no a su poesía), a pesar de que es el mismo argentino quien desmiente — evidentemente— tal afirmación. Sea el Aleph una sátira profética, o no, creo que el crítico estadounidense podría haber sacado mejor partido de este cuento, más allá de afirmar que Neruda encarna el personaje de Carlos Argentino Daneri o de parafrasear lo que gran parte de los críticos ha dicho (y que tienen razón): que el Aleph “es el equivalente espacial de la eternidad, donde todo tiempo —pasado, presente y futuro—coexisten simultáneamente” y que, si no me equivoco, es una cita textual del cuento. Se podría haber develado una dimensión poco leída en Borges (y esto no lo puedo afirmar a ciencia cierta), develando que los cuentos del argentino tienen algo de hilarante: sobre todo en El Aleph, el que, al parecer no es uno solo, pues Borges (personaje), cuando ve a través de este Aleph, se ve a sí mismo mirando otro Aleph, el que a su vez se ve a sí mismo mirando otro Aleph… y así infinitesimalmente. Esta noción que mencionamos puede ser un factor, no menor, a la hora de plantearse a qué se debe la grandeza de Borges, intentando buscar otros motivos más allá de la supuesta universalidad del escritor.

Conclusión: las búsquedas de Borges

Pero bueno, no le seguiremos restando crédito a Bloom y mencionaré algunas ideas que prevalecen en el texto y que sería importante destacar. Una de ellas es la lectura que hace el escritor de temas como la religión o la filosofía, que, desde la perspectiva de Bloom: “[Borges] nos enseñó a leer dichas especulaciones primordialmente por su valor estético”. En nuestro caso no nos atrevemos a afirmar si la lectura que hace Borges de estos temas sea por su valor estético, o no, pero sí es evidente que las inquietudes del cuentista, en gran parte de su obra, estará determinada por estos temas, haciendo una lectura, —si acaso se puede decir de esta manera— al margen de la tradición.
Otro punto importante que menciona el crítico es el del “doble antagónico” en algunos cuentos: lo ejemplifica por medio de Lönrot y Red Scharlach, personajes del relato La muerte y la brújula, que para el crítico es el más representativo de este tema (¿y el más universal?). Aunque bien sabemos que esta idea se repite, con considerables variantes, en Los teólogos que igual es reseñado por Bloom); Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829 – 1874) o Tema del traidor y el héroe: por nombrar algunos.
Un tema más en el que se detiene el capítulo, y que ha sido revisado por la crítica, es la idea, manifestada por Borges, de que “todos los escritores son al mismo tiempo todos y ninguno”. Evidentemente esta idea va a ser ejemplificada con el cuento El inmortal: “el más extraño de los mejores cuentos de Borges, (…) uno de los sublimes ejemplos de literatura fantástica de nuestro siglo”. A partir de este tópico, las reflexiones de Bloom se vuelven más prolíficas, y se plantea preguntas que vale la pena responder (pero que no responde): “¿Qué hay en el centro del laberinto de Borges?” Lo que el crítico identifica —y que es lo más cercano a la relación Borges/canon— es que el cuentista argentino posee una excesiva “idealización de la relación escritor-lector”, además de ser “infinitamente sugestivo” y alejarse de todos los conflictos culturales (y esto último puede ponerse en duda). Esta esfera de motivos, según Harold Bloom, serían – aunque no está del todo seguro y lo pone en duda— la razón por la que Borges se convierte “en el padre ideal de la literatura hispanoamericana moderna”, pero que, al mismo tiempo, lo condenan “a una menor eminencia, aún canónica pero ya no central, en la literatura moderna”; vale decir, sabemos los motivos por lo que Borges puede alejarse del centro del canon, a pesar de que no se nos explicó, al menos en el capítulo del libro El canon occidental, como es que el escritor argentino había logrado llegar al centro de este: del canon.





[1] Este texto forma parte de un trabajo y es, básicamente, un comentario a propósito de lo que Bloom escribe sobre Borges y, por lo tanto, la única fuente bibliográfica será el capítulo que este dedica al escritor argentino. Como también, y para que no se vuelve este texto un tedio, hablaremos solo de Borges y en lo mínimo de los demás autores que Bloom integra en el capítulo (ya sean porque formen parte del canon o porque considera necesario aludir a estos).
[2] Y esto lo digo trayendo a colación algunos de los conflictos que en los últimos años cuestionan todo intento de canon literario en Hispanoamérica por considerarlo totalmente influido por occidente o Norteamérica y, por consiguiente, considerar que se encuentra vigente un colonialismo cultural.  

lunes, 24 de agosto de 2015

¡Maten a Borges! Gritó Gombrowicz

A propósito del nacimiento de Borges que se conmemora todos los 24 de agosto, se me viene a la memoria una anécdota muy conocida sobre el gran escritor argentino y el escritor Polaco, Witold Gombrowicz.
Cuando el polaco, quien vivió bastantes años exiliado en Argentina, estaba a punto de partir en un barco de vuelta a Europa, un periodista se le acerca y le pregunta: “¿qué es lo que necesitan los escritores argentinos para su madurez literaria?” (Cita extraída de otro blog) o bien, en la versión de Julio Cortázar quien afirma que Gombrowicz, cuando el barco ya zarpaba, les gritó a sus compañeros escritores que lo despedían, con un tono idealista: “¡Maten a Borges!

A esta altura nos damos cuenta que la incitación criminal que hace el polaco no se concretó. Y, lo que es peor (o mejor para este caso), ocurrió lo contrario, Borges se volvió inmortal. Hago eco de lo que menciona Cortázar, quien asegura que, si Borges hubiera escuchado al polaco no habría dudado en responderle: ¿Por qué pides que me maten a mí y no a ti mismo? Esa modestia literaria que rodea al autor de El Aleph lleva a Cortázar a esta suposición y a darle el apoyo a Gombrowicz en su petición. El asunto es que, a la luz de la anécdota que he parafraseado, considero que muchos escritores que no se atrevieron a matarlo quedaron perdidos entre los cuentos fantásticos del argentino, mientras que aquellos que sí hicieron caso a Gombrowicz se dieron cuenta que esa no era la forma de obrar y que simplemente debían exiliarse del mundo Borgiano. Algunos lo lograron y llevaron la literatura ‒nuestra literatura‒ a nivel mundial, donde el mérito no se circunscribe solo a una apertura de las letras hispanoamericanas hacia adelante. El gran mérito de estos nuevos escritores es abrir una puerta tanto hacia el futuro de la literatura como aquellas obras que llevaban años en nuestro continente.

Con todo, mucho pidieron después la muerte del mismo Cortázar, García Márquez, Carlos Fuentes, José Donoso, Vargas Llosa. Sin reparar en que era más provechoso pedir la fórmula para esquivar el mundo Borgiano. Y es que su influencia es tan grande que muchos otros escritores (buenos escritores) se ven opacados por figuras tan omnipotentes como la de Borges o Neruda. De ahí que la solicitud de Gombrowicz era, directamente, matar a Borges; pero, antes que eso, es preferible buscar otro camino,  como bien lo dijo y lo hizo Bolaño ( y en alguna parte lo leí) : "resuciten a Gombrowicz", pero muchos les pedimos. No maten a Borges.

miércoles, 12 de agosto de 2015

El detective literario en Estrella Distante de Roberto Bolaño

Al escritor Roberto Bolaño lo precede su más conocida obra: Los Detectives Salvajes, publicada en Anagrama en 1998. Sin embargo, antes de adentrarme en las más de trescientas hojas de la gran novela de este escritor chileno, más conocido en la península ibérica que en su propio país (mi país), quise dar una hojeada a otra obra, para sentir y conocer su modo de escribir, de esa manera mis expectativas al leer Los Detectives Salvajes, no estarían condicionadas por comentarios artículos u opiniones de terceros que alababan de tal modo el libro, que el solo hecho de pensar en que no me complaciera seria producto de las altas expectativas que me había formado. 
Pero toda esta introducción y enredo es para contarles un poco sobre la novela Estrella Distante que fue publicada en el año 1996, (sí, existen más novelas de Bolaño aparte de Los Detectives Salvajes y de 2666; de hecho sus inicios fueron con poesía en México).
"La primera vez que vi a Carlos Wieder fue en 1971 o tal vez en 1972, cuando Salvador Allende era presidente de Chile." Con estas primeras palabras el narrador nos ofrece una composición de lugar y de tiempo que nos permite situarnos en un determinado contexto. Pareciera que la obra gira en todo momento alrededor de Carlos Wieder, o Alberto Ruiz Tagle, que es el nombre con el que se presentó al comienzo este personaje. No obstante, al mismo momento que el narrador comienza a contar sobre este hombre que llegó a Concepción y frecuentaba, al igual que él, los talleres de poesía, iremos conociendo (aunque no siempre entendiendo) la personalidad del propio narrador. La historia de Carlos Wieder es al mismo tiempo la historia del narrador. 
La novela, en ocasiones clasificada -muy erróneamente- como novela histórica, es una historia detectivesca de intriga, reflexión y poesía. La contextualización en el periodo de Allende y posterior golpe militar es primordial para el sentido de la trama y para que nosotros -los lectores- comprendamos mejor al personaje misterioso.
Existen algunas pinceladas dentro del libro que nos llevan a conocer, un poco, los crímenes de la dictadura; recordemos que la novela se publicó en 1996, a escasos seis años de haber recuperado la democracia en Chile. Tales alusiones, leídas desde la contemporaneidad ya no tienen el mismo efecto que pudo haber tenido años atrás. 
Pero por sobre toda la historia de Carlos Wieder, el personaje incógnito que aparece en escena en la primera página y que sera el eje articulador hasta el final, me interesa destacar la imagen reflexiva del narrador. Es él quien en realidad nos traslada a los años de la dictadura en Chile, aquel joven poeta de bar y entre sus amigos intelectuales que más que poeta termina persiguiendo a un hombre que apenas llegaron a conocer o más bien, que ni siquiera nosotros (los lectores) llegaremos a conocer.

domingo, 22 de marzo de 2015

Juan Barros un posible milagro.

Cuando se dio a conocer la noticia de que Juan Barros asumiría como nuevo obispo en Osorno, no muchos estaban al tanto del pasado que rodeaba la imagen de este hombre, poco a poco, a través de los medios de comunicación, fue develándose que Barros había encubierto las prácticas de Karadima. Tales declaraciones por parte de las víctimas de Karadima, repercutieron en la ciudad osornina y de protestas, en contra de su nombramiento, en las que se veían una treintena de personas, llegaron a ser cientos, las que se reunieron frente a la catedral el día que asumiría el nuevo Obispo.
Una situación, a mi parecer, insólita, pero meritoria por parte de los católicos. Lo que más sorprende de esta situación es que han manifestado su descontento personas renombradas dentro de la iglesia, quienes han enviado cartas al Papa explicando la situación que se vive en el apartado rincón del mundo.

Pero bueno, ordenemos los hechos. Por una parte están los feligreses quienes acuden cotidianamente a misa, quienes iniciaron las protestas en contra del nuevo Obispo. La forma en que se han manifestado no deja de ser llamativa, siendo a través de vigilias, vestidos de negros, oraciones y cánticos, tal cual como se hace en semana santa en las procesiones u otras actividades de la iglesia. Lo sugerente de estas manifestaciones me hace pensar que el descontento, más allá de lo mediático que fue, es profundo para una cantidad de personas que, en realidad, profesan la religión católica con todos sus ritos.
Un segundo grupo de personas se deja llevar por las redes sociales, la televisión, se hace eco de lo que se dice y de igual manera, acude a expresar su malestar, ya no de manera tan simbólica y religiosa, sino que directamente con pancartas, gritos, agresiones etcétera, pero que rara vez es posible verlas en una misa los domingos si no es para pascua, navidad, el bautizo del sobrino, o el casamiento de la amiga. No le quito méritos a las protestas de este grupo de personas pero es necesario hacer la distinción, donde incluso hay políticos que ven el oportunismo.
El tercer grupo de personas son aquellos, poco, o quizás no tan pocos, que forman parte de la iglesia, llámese curas, diáconos, acólitos, pastorales etc. Y que tampoco estaban de acuerdo con  el nombramiento pero que no están en la calle sino que prefieren ausentarse; por cuánto tiempo durará eso. No lo sabemos.
Y el último grupo que demuestra claramente la división que existe en la iglesia son aquellos que sí apoyan a Barros, independiente de lo que se diga en la televisión, redes sociales, los testimonios de las víctimas de Karadima y que estuvieron con globos blancos en la catedral de Osorno para el nombramiento. Personalmente no entendía a estas personas pero leí un comentario que decía: “Solo Dios puede juzgar a las personas, nosotros debemos demostrar misericordia” tal afirmación me clarifico la postura de aquellos que respaldan al nuevo Obispo, pero según mi lógica estoy muy lejos de comprender ese pensamiento.

Pero bien, ¿y ahora qué? Sabemos todos que el chileno, o el osornino quizás más, es muy dado a olvidarse rápido de las cosas. Si hay terremoto o incendio forestal, son decenas de campañas para apoyar las tragedias, pero duran una semana y, dependiendo el grado de la catástrofe, hasta un mes. Sabemos que todos los chilenos somos los más solidarios durante 28 horas de amor pero los otros 360 días del año  miramos para el lado si vemos a un mendigo en la calle o cruzamos si hay alguien con un tarrito en la esquina. Por suerte hemos sido más consecuentes con algunas protestas sociales, como hidroaysen, punta de choros y en cierta medida educación. Entonces, de la clasificación que he hecho solo me queda pensar, y ojalá me equivoque, que los arraigados directamente a la iglesia deberán hacer la vista gorda, los que se suman a todas las protestas ya se olvidaron y están atentos a las redes sociales o la televisión buscando otra cosa porque protestar, pues, entonces, ya solo quedarán los feligreses, quienes, ojalá logren mantener su descontento y que sea escuchado, de lo contrario el milagro habrá ocurrido y el Papa Francisco ya lo había previsto de esta manera.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Aún no logro amar a mi patria !

Por la mañana me desperté, como es costumbre puse un playlist de música para iniciar un buen domingo, mientras jugaba con mi hijo comienza a sonar en la tablet una clase de literatura de octubre del 2011 en la Universidad Austral, en la lluviosa ciudad de Valdivia. Recordé que presencié esa misma clase dos años después. No dejaba de ser interesante que el profesor repitiera lo mismo, me imagino se sabía de memoria la materia, pero, incluso, las observaciones apartes de la clase, eran iguales. En fin, me quedé pensando en el sujeto en la literatura, lo desacreditada que es la visión subjetiva de una persona y otros temas que aburrirían a cualquier persona. Finalizó la clase y, como mencioné recién, el profesor recomendó a leer a Emilio Pacheco, poeta mexicano. Por arte de magia me levanté de la cama en dirección al librero y tome una antología de Pacheco, abrí el libro en cualquier página, solo quería deleitarme con alguno de sus poemas. Todo conspiró, me vi leyendo el poema "Alta traición", éste reflejaba todo lo que por estos días pensaba. Septiembre en Chile, mes

totalmente controversial y casi paradójico, el 11 conmemoramos los 41 años del golpe de estado, y el 19 las glorias del ejercito. El 18 se conmemora la primera junta nacional de gobierno, y como dije alguna vez por ahí, la mayoría de las personas, incluso los soldados del ejercito, creen que se celebra la independencia de Chile. Situaciones que me dan un poco de pena. Pero lo que en realidad me cuestionaba era aquello de las glorias del ejercito, ¿de qué "glorias" hablamos?

"No amo mi patria, su fulgor abstracto es inasible", dice Pacheco, y claro, solo me contento con el lugar que me arraiga, con una que otra persona, con algunos recuerdos (aunque estos los llevo conmigo donde quiera que vaya) no me representa el concepto de patria que se transmite, ese que suele estar cerca del patriotismo, el que ha inventado la historiografía. Que acaso solo debemos recordar a Prat y al padre de la patria O'higgins.
Durante las tardes hago clases a los jóvenes que estàn haciendo el servicio militar y en reiteradas ocasiones les he preguntado, arriesgando incluso alguna amonestación, saben algo de la Escuela Santa María, de San Gregorio, de Marusia, de Ranquil, de Forrahue. Ahí radica mi malestar, y donde Emilio Pacheco logró retratar mi pesar de este mes, en realidad mi pesar de hace algunos años atrás, un ejercito que siempre ha estado a disposición de la clase dominante, un ejercito que no conoce más glorias que las que ha enfrentado con su mismo pueblo, una patria que se ha construido desde la aristocracia en 1810, que apoyaron la caída del presidente Balmaceda, el golpe de estado y que aún siguen pacificando la Araucanía. Creo que desde hace mucho tiempo que ya es hora de que los profesores nos hagamos cargo y como dijo Nicanor, dejemos de jugar a poner notitas...
Puedo parecer un poco negativo, pero hoy inicia la primavera y está lloviendo... y aún no logro amar a mi patria!

            

jueves, 11 de septiembre de 2014

La historia es nuestra y la hacen los pueblos !!

Una nueva conmemoración del 11 de septiembre, ya han pasado 41 años desde aquel día que comenzó con un cierto ambiente que hacía prever un final trágico. La historia ya todos la conocen, algunos la vivieron, otros la leyeron, a otros se la contaron y hay quienes algo saben por la información de la televisión. El asunto es que todos comentamos, emitimos nuestras opiniones, nuestros juicios, con o sin fundamentos. Nos aferramos  la imagen de Allende, o de Pinochet, nos atrincheramos con nuestro cargamento de ideas, según nosotros irrefutables. Pero tranquilos, ya el doce, muchos vuelven a saludarse, y ya nos olvidamos que pasó un once de septiembre y buscamos qué otra “efeméride” celebrar, si es la muerte de Robin Williams, la de Cerati o los cien años de Nicanor Parra, pero lo más evidente es que comenzamos con la “previa” del 18 de septiembre, que, a todo esto, ni siquiera en el ejército de Chile, sabe en realidad que se conmemora el 18, siendo que ellos desfilan por la patria. Todo esto me llevó a pensar en el compromiso de los activistas de las
redes sociales, y por otra parte de aquellos soldados, que también piensan que el 11 de septiembre es el día del joven combatiente. ¿A qué se debe tanta desinformación?, ¿tanta moda por figurar? Entonces me pregunto, ¿Por qué no comenzamos a actuar, por ver el sueño cumplido, somos participes de una sociedad dividida, pero no se puede pedir que todos se reconcilien cuando, por un lado hay madres que nunca han podido enterrar a sus hijos, quizás la idea no debe apuntar a un “borrón y cuenta nueva”. Qué tal si apuntamos a generar conciencia crítica y difundir información, apagar la televisión sensacionalista y revisar algún diario o ver un documental.

Por la mañana, me puse una camisa negra, quería simbolizar el luto por aquellos que murieron no solo el año 73, sino durante todos los años de dictadura, la reflexión fue durante todo el día, “la historia es nuestra y la hacen los pueblos” pero cabe preguntarse nuevamente, nosotros, el pueblo, estamos haciendo la historia por la que muchos cayeron, estamos generando conciencia más allá de la moda de las redes sociales, donde hoy lamentamos el golpe de estado y mañana celebramos las glorias del ejército, estamos siendo consecuentes, o la sociedad ya nos volvió burgueses. Por último, ¿estamos cumpliendo el sueño allendista? O, finalmente, estamos haciendo todo lo contrario, criticando a los encapuchados como todos los años y sin poder ver el tema de fondo.

Lo evidente en esta pequeña y simple reflexión, es que, se me hace imposible escribir desde el otro lado de la trinchera, ni tampoco creo que sea necesario. 

sábado, 23 de noviembre de 2013

El texto literario como discurso intercultural en la novela “Cherrufe” de Ruth Millaguir.


La cultura hispanoamericana, desde sus inicios, es intercultural. El proceso que comenzó con el descubrimiento, conquista y colonización, permitió la mezcla de elementos, tanto indígenas, como europeos. El contacto de dos sociedades. La aceptación del “otro”. Son las principales características que dan inicio a una sociedad intercultural. Ahora bien, la interculturalidad puede ser vista desde distintos puntos. Para este análisis, donde tomaremos como objeto de estudio la novela “Cherrufe”, hay que pensarla como una sociedad que posee un terreno propio, el cual, a su vez, es invadido por una sociedad más poderosa, conformando así, una sociedad global. Es importante señalar también, que existen dos clases de interculturalidad. Así se establece en un artículo publicado en la revista Chilena de literatura, donde se hace la distinción entre: “la sociocultural y la textual” (Carrasco 2005). Por lo tanto, es preciso ir demarcando la línea de investigación, para poder realizar el análisis que a continuación propondremos. La interculturalidad que en este trabajo se estudiará, será la textual. Ésta se refiere a la comunicación entre personas y grupos mediante discursos o textos de distinta condición étnica y cultural. Se manifiesta a través de la oralidad y la escritura.
Para el presente análisis, abordaremos el concepto de interculturalidad y cómo éste ha ido incursionando en distintas expresiones artísticas en chile, hasta llegar a la literatura. Ahora bien, nuestro objeto de estudio es una novela publicada en el año 2008 por Ruth Fuentealba Millaguir. Pero para poder establecer un nexo entre un género literario y el concepto interculturalidad, es necesario señalar a qué se refiere el concepto.  


La hipótesis que se propone en este trabajo es que en la novela “Cherrufe, La Bola de Fuego” (novela mapuche), de Ruth Fuentealba  Millaguir, existiría un discurso intercultural que se fundamentaría y abarcaría distintos aspectos. Dichos aspectos tienen relación con el discurso literario, las estrategias lingüísticas, las creencias del pueblo mapuche y haciendo algunos alcances con la memoria histórica, donde se toca el tema de la “otredad” a modo de reivindicación de la etnia.
Dentro de la literatura etnocultural, la representación artística que más se ha desarrollado ha sido la poesía. En contraparte, la narrativa recién ve sus primeras luces con el texto escrito por Ruth Fuentealba, “Cherrufe” (2008), el que se inscribe como discurso literario y en el que, además, creemos existe un discurso intercultural que se propone ciertos objetivos valiéndose de estrategias que dilucidaremos a continuación.  En primer lugar, la novela como género literario narrativo, es de origen europeo. Esto nos presenta un texto en esencia intercultural, donde la autora asume y se apropia de un discurso literario que se vuelve heterogéneo al autodenominarla “novela mapuche”. La escritora, considerada por la crítica periodística como la primera mujer de origen mapuche en escribir una novela, relata en una entrevista, que las historias de sus originarios se transmiten vía oral y familiar; pero que, en este caso, ella quiso dejarle el legado a su hija a través de una novela. Esto nos hace pensar en “otro elemento fundamental que es la identidad intercultural” (Carrasco 2008). La escritora reconoce el carácter intercultural en la sociedad que está inserta, donde convergen y se mezclan elementos de la cultura mapuche y chilena. Dando paso al discurso literario intercultural que busca preservar ambas culturas en pos de la aceptación del “otro”.
Elicura Chihualiaf, en su recado confidencial a los chilenos, expresa que éstos deben aceptar que chile es un país pluricultural, que ellos tienen una cultura distinta de la chilena, y que es legítimo que los mapuches sigan siendo tal cual son. Seguir existiendo como pueblo. Que siga su idioma, que siga existiendo Lonko y Machi. Recuperar sus derechos como pueblo, “queremos ser nosotros los que diseñemos y controlemos nuestro proyecto de vida (...) Entonces para eso debe existir el espíritu, la voluntad, la claridad de ponernos a conversar con respeto para establecer una alianza con los que aspiran a una sociedad mejor, a una sociedad más justa en este país" (1999: 170)
            Otra característica presente en la novela “Cherrufe”, y que es propia del texto etnocultural, está relacionada con las estrategias lingüísticas utilizadas por la escritora. Existe un bilingüismo que mezcla la lengua mapudungun con el español. La inclusión de conceptos en lengua mapuche, no es azarosa. El título de la novela está escrito, traducido y además se hace una aclaración entre paréntesis. Decir “Cherrufe” es equivalente a decir “La Bola de Fuego”, pero la escritora, además, aclara que estamos frente a una “Novela Mapuche”. Como expresara Chihuailaf: “Queremos que siga nuestro idioma” (1999). Millaguir, implícitamente, a través de la novela entrega el mismo recado. Si bien, ella declara que la novela la escribió para que su hija conociera la historia de sus antepasados, a su vez, el carácter de discurso literario nos dice que, además de su hija, quiere que todos (los chilenos) quienes que lean la novela conozcan su historia. Es por ello, que el “collage lingüístico” presente en la novela se encuentra cuidadosamente elaborado. El epígrafe, la dedicatoria y la presentación, se encuentran escritas, en su totalidad, en español. El prólogo presenta algunas palabras y conceptos en mapudungun las que tienen su traducción al español al terminar el prólogo. Ya en el desarrollo de la novela, algunos capítulos tienen el título en mapudungun. En la narración son escasas las palabras que no están en español, y las que no lo están son aquellas que se encuentran presentes en el imaginario colectivo, me refiero a: winka, Gnechén, panguipulli, peñi, por nombrar algunas. Aun así al final de la novela, en el epílogo, se presenta otro breve vocabulario que aclaran el significado de aquellas palabras que, eventualmente, se desconozcan. O por otra parte, será el narrador, a lo largo del mismo texto, quien (in)directamente aclare el significado de ciertas palabras escritas en mapudungun:

“-¿Qué es Mapu papi? – pregunté extrañada por no saber.”
-Mapu hija, es la tierra, es nuestro territorio, que debemos cuidar y respetar” (82)

Esta estrategia lingüística utilizada en la novela, reafirma la interacción de dos sociedades distintas...

                                                 Cristian Vidal